Las Islas Malvinas son Argentinas

Lacolla sobre las Fuerzas Armadas

In Sin categoría on enero 1, 2011 at 1:26 pm

En estos tiempos, son muy pocos los escritores que apuntan con su pluma a los problemas del largo plazo argentino. Son tan pocos que ni siquiera podemos hablar de lineas de desarrollo, es decir, si nos preguntamos ¿cuál es el proyecto de nación a 20 años? no podremos responder: – tal sector social-político-económico propone el camino A y otro sector propone el camino B, y allí poder debatir que proyecto es mejor. Muy lejos de eso, solo podemos hablar de la opinión de personalidades puntuales; que si bien son valorables por el hecho de plantear la discusión de fondo, carecen obviamente de consenso alguno.

Así, no podemos compartir completamente con ustedes el escrito “Temas Argentinos” de Enrique Lacolla [que lo pueden conseguir aquí: http://www.enriquelacolla.com/sitio/notas.php?id=210] porque no lo compartimos totalmente, básicamente le falta abordar muchísimos temas de interés; mas bien (en la parte que nos interesa) son críticas que comienzan siendo sutiles diferencias con un gobierno de 8 años que está en retirada; valga la crítica, estas opiniones se pudieron pronunciar mucho antes. Otro comentario que merece es el hecho de poner temas como la “policía metropolitana” como un gran tema argentino. Es decir, por ejemplo, si vamos a abordar el tema de las tomas de tierras en Capital y la disputa entre la polícia metropolitana y la federal; veamos también las 14 mil viviendas del “hogar clase media” prometidas por el actual gobierno nacional en la Provincia de Córdoba hace mas de 6 años, que no son tapa ni de Clarín, ni de Telam y mucho menos de 6, 7, 8.

Para intentar ser un poco claro en esta maraña de temas populares (por la difusión que reciben en los medios y no por otra cosa) versus temas de largo plazo analizemos la actual tendencia en la forma de pensar las proyecciones regionales y locales en el plano global como así también el impacto de los acontecimientos globales en el ámbito local. A comienzos de este siglo y con la consolidación de la interdependencia política y económica a nivel global se pensaba que ya no se podía hacer política local, que esta iba a estar totalmente condicionada por los acontecimientos globales, pero a esta parte ha habido un cambio, hoy, las grandes ciudades piensan (en realidad sus pensadores y políticos lo hacen) en términos “glo-cales”. Pensar en términos glocales significa pensar en el ambiente global cuidando las interrelaciones e interdepencias de nuestra economía política y cultural, pero actuar el términos locales. Es como ser una pieza de ajedrez en el tablero mundial donde la pregunta es ¿con este panorama, qué me conviene hacer como país? Suscede que cuando solo pensamos en términos “locales”, podemos plantear como temas estratégicos algo tan interno como el rol de la policía metropolitana; los desplantes de Macri y Cristina, es decir temas que son “ultra locales”, temas que no salen de Capital; temas que solo ocupan parte de la programación telesiva en el resto del país pero que estan lejos incluso de ser temas nacionales o al menos provinciales.

Con las recomendaciones anteriores, sí nos parece oportuno compartir la opinión de Lacolla sobre las Fuerzas Armadas, opinión con la cuál se puede o no estar de acuerdo, pero que evidentemente hay que discutir para un proyecto de país.

 

De las Fuerzas Armadas  / Por Enrique Lacolla



Otro tema, de fundamental importancia, aunque soslayado o mirado con desconfianza por la opinión que deviene de la izquierda setentista, es el de las Fuerzas Armadas. Por cierto, la carga de la prueba pesa gravemente sobre las instituciones militares, dada la ejecutoria que tuvieron al menos desde 1955 a la dictadura de 1978-1983. Pero el problema no se agota en el resentimiento. Es preciso abordarlo con criterio histórico y en una perspectiva geoestratégica, tomando en cuenta que los tiempos no son fáciles y que las tensiones globales no van a ignorar a esta parte del mundo. Cosa que plantea peligros frente a los cuales es fundamental contar con una política militar coherente y diseñada de consuno con los otros países del ámbito regional.

El ejército y las otras instituciones armadas en Argentina son inescindibles de la historia vivida por el país. Tal como Jorge Abelardo Ramos y otros escritores de la izquierda nacional lo han diagnosticado, en nuestro país hay y ha habido siempre, dos ejércitos en uno, reflejo de una escisión que Argentina arrastra desde sus orígenes y a cuya raíz nos hemos referido en líneas precedentes. La conformación de la nación a través de un proceso desgarrador de guerras civiles nos dio la conformación de un ejército dividido entre la línea mitrista que recoge la falsa relación Mayo-Caseros, y otra forjada a través de las guerras de la Independencia y del sello que Roca impusiera a la organización nacional a través de la federalización-nacionalización de Buenos Aires, durante las jornadas de la revolución de 1880. Con la derrota de ese intento secesionista nació un ejército que fue capaz de resolver esa contradicción, haciendo comulgar a sus miembros en una concepción de la integridad nacional que abolió en forma definitiva la pretensión independentista de Buenos Aires. Pues es de presumir que la policía metropolitana de hoy no puede ni de lejos parangonarse a los “rifleros de Tejedor”.

Pero de este quehacer las Fuerzas Armadas conservaron, como el país todo, las trazas de los viejos desgarramientos. Fueron víctimas también, aunque tal vez en menor medida que otros sectores, de la colonización cultural que nos abrumó, y su formación docente conservó mucho de los resabios de los fusiladores de gauchos y de los portaestandartes del progreso a punta de rémington. Con todo, en virtud de su rol de guardianes de la frontera y de su implantación en todo el territorio nacional, así como por su papel de receptáculo de miembros de todas las clases sociales a través del servicio militar, tuvieron siempre presente un ala nacional que abrevaba en una historia surcada en los entreveros de la Independencia, de las guerras civiles y del subsuelo de la multitud plebeya.

La batalla por Malvinas, ridiculizada y denostada por la opinión cipaya y por el progresismo obsesionado en mirarse el ombligo, fue un intento de las fuerzas armadas por rescatarse del catastrófico descrédito en que habían caído como consecuencia de su siniestra ejecutoria como idiotas útiles del establishment. Mal concebida y ejecutada sin convicción por los altos mandos, que estaban inhibidos de concebir una estrategia coherente con el cerebro lavado por el imperialismo y por la devastación física, moral y económica de la que habían sido responsables durante el proceso, no dejó por esto de ser un emprendimiento vinculado a una lógica geopolítica que hoy tiene absoluta vigencia: la preservación de los recursos naturales en el Mar Argentino y la proyección austral del país pasan en gran medida por el rechazo o la contención que Argentina y otros países hermanos de América latina puedan realizar respecto de las actividades de la Otan en el Cono Sur.

El sacrificio de los combatientes consumado entonces fue minusvalorado primero por la dictadura y luego por los gobiernos de la democracia, y aunque hoy se haya corregido hasta cierto punto ese terrible error, aun no se ha hecho plena justicia no sólo a los soldados sino también a los oficiales que se jugaron o perdieron la vida en esa página épica de nuestra historia. En su lugar hemos tenido películas autodenigratorias auspiciadas por el Estado, como Iluminados por el Fuego, que hicieron del victimismo y la conmiseración los únicos parámetros para medir el episodio.

Los gobiernos Kirchner han errado, a mi entender, en su forma de regular las relaciones con las instituciones armadas. Está bien cerrar el capítulo de las atrocidades represivas de la dictadura terminando con la impunidad de muchos de sus responsables; de aquí en más los aspirantes a verdugo habrán aprendido que, aunque parezca improbable, la Némesis puede siempre estar a la vuelta de la esquina. Pero, por torpeza o desconfianza, el castigo se ha extendido a la función de la institución armada misma, descuidando su preparación profesional, vaciándola de presupuesto y relegando el rol esencial de las industrias para la defensa, que son importantes no sólo para la erección de un arsenal válido para equipar a las tres armas, sino como promotoras de los desarrollos tecnológicos de punta.

La Argentina cuenta con un pensamiento geoestratégico, pero las instituciones para garantizarlo están insuficientemente equipadas y sus integrantes sometidos al maltrato psicológico que resulta de la desatención y la desconfianza. Habida cuenta de los antecedentes que tenemos, esa desconfianza se justifica hasta cierto punto. Pero hay un expediente para corregir este nudo problemático que viene del pasado: una pedagogía para las Fuerzas Armadas. ¿Hay algo en este sentido? ¿Se busca suministrar a los institutos militares nociones de una historia y una geopolítica que no sean las consagradas por la tradición mitrista o por la Escuela de las Américas?

No es posible que, en el crítico panorama que ofrece el siglo XXI, el proyecto geoestratégico regional iniciado con el Mercosur quede salvaguardado sólo por la potencia militar del socio brasileño.

 

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