Las Islas Malvinas son Argentinas

Defenestrar a Roca, una moda peligrosa.

In Sin categoría on diciembre 11, 2010 at 11:14 am

El progresismo suele adolecer de una manía: la de dibujar en blanco y negro a personajes y hechos que provienen de una realidad abigarrada y multifacética.

Por Enrique Lacolla

La actualidad argentina contiene estimulantes tendencias a una recuperación de los hechos históricos que hacen a la conformación de una conciencia nacional. La revalorización de la Vuelta de Obligado es un ejemplo, entre varios, en este sentido. No hay duda de que los méritos de los gobiernos Kirchner han sido altos en esta materia. La recuperación del revisionismo histórico está empujando hacia atrás a la historia oficial y esto es muy importante. Una conciencia del pasado fundada en conceptos vinculados a la realidad y no a la fábula en que fueron educadas muchas generaciones de argentinos, es un elemento básico para poner en pie cualquier proyecto de desarrollo y asentarlo sobre bases fuertes y provistas de la consistencia que se requiere para mantener un esfuerzo prolongado en el tiempo.

Pero falta bastante por hacer, y no todas las señales que emergen del espectro cultural que sostiene al gobierno son alentadoras en este sentido. Por ejemplo, hay en auge un progresismo difusamente teñido de un moralismo a la violeta que hace bandera con el tema de los pueblos originarios, extrapolándolo de los elementos de la realidad histórica y reduciéndolo a los contornos de otra fábula, distinta de la oficial, pero a su vez perdida en la niebla del humanismo genérico y de la mitificación del buen salvaje. Quizá como contrapartida del hecho de que muchos de los que la sostienen se identificaron en algún momento con otra estampa de matriz también romántica: la del buen revolucionario.

Hemos dicho en otras oportunidades que generar divisionismos aprovechando los particularismos étnicos es un arma muy bien aprovechada por el imperialismo para perseguir sus propios fines. Provocar falsos problemas y agitar polémicas estériles es una de ellas. El espíritu generoso, predispuesto a inflamarse ante la injusticia, es un atributo nobilísimo de la naturaleza humana, y pocos elementos pueden inducir con mayor eficacia a esta comunión flamígera que el maltrato a los pueblos aborígenes. Sobre todo si se ve el estado de abandono en que algunos gobiernos provinciales dejan a las reservas donde subsisten los pobladores que provienen de esa raíz. Pero no hay que confundir a los árboles con el bosque. Es necesario aproximarse a los datos de nuestra historia armados con una visión panorámica que comprenda los elementos que la integran y juzgue a quienes los protagonizaron en el conjunto de las circunstancias que caracterizaron a su tiempo.

De unos años a esta parte se ha puesto de moda atacar de manera inclemente al general Julio Argentino Roca. La embestida proviene de grupos progresistas que han encontrado su principal inspiración en Osvaldo Bayer, un escritor anarquista que tiene cuentas pendientes con la dictadura que lo exilió y que parecería haber encontrado en la figura de Roca al espécimen ideal para comprimir en él todos los rasgos del régimen criminal que abomina, que lo expulsó del país y que a muchos otros miles de argentinos les arrebató la vida.

Sea o no correcta esta apreciación psicológica, la verdad es que la prédica antirroquista de Bayer ha prendido en mucha gente, en especial entre los jóvenes. Hay una natural predisposición en la juventud a aferrarse a cualquier discurso que parezca resolver los enigmas de la realidad con unas pocas formulaciones simples. La demonización del “milico” y la identificación con unas víctimas ideales a las que se presume se encontraban indefensas y a las que por otra parte no supone riesgo alguno reivindicar puesto que están muertas o cuyos descendientes no representan un factor social de peso, resultan útiles para alimentar una agitación a la que el canon del humanismo abstracto provee de prestigio. Pero al hacer esto se corre el peligro de que muchos otros problemas concretos, provenientes del pasado y activos en el presente, sean dejados de lado.
Denunciar la ignorancia o el prejuicio superficial de estos planteos se constituye, entonces, en una obligación. Tal vez antipática, pero inevitable. Esta nota deviene entonces de la necesidad de rebatir una afirmación asombrosa por su inexactitud y por la sede en la cual fue formulada. Días pasados hubo ocasión de escucharla en un programa emitido por el Canal Encuentros, empresa televisiva que depende del Ministerio de Educación de la Nación y que está realizando una labor más que meritoria en el ámbito de la comunicación. Lo que hace doblemente pecaminosa la falta cometida.

Disparate

En un programa muy interesante titulado El Arte cuenta la Historia, dedicado a comparar los testimonios pictóricos del pasado latinoamericano con los datos de la realidad concreta que los había inspirado, de pronto saltó una frase que era un puro y simple disparate. Mientras se observaban unas bellas y clásicas pinturas de la Conquista del Desierto y la vida de frontera, el locutor en off sentenció, palabras más, palabras menos: “La expedición de Roca implicó un genocidio que costó la vida a 100.000 aborígenes”. ¡Cien mil muertos en un país que contenía menos de dos millones de habitantes!

La televisión es el reino del despropósito, pero deberían existir límites para estos, al menos en un canal oficial que se precia de renovar la visión del pasado y de indagar en sus raíces. El historiador Roberto Ferrero ha formulado una jugosa reflexión sobre el uso indiscriminado de la palabra “genocidio”, aplicada a la conquista del desierto. Dice Ferrero, en efecto, que se trata de

“una ligereza semántica y política, porque, ¿qué es un genocidio? El exterminio deliberado de una etnia o de un grupo social por el solo hecho de serlo, y generalmente y casi siempre, ejercido sobre gentes imposibilitadas de defensa alguna. Los turcos exterminaron a un millón y medio de armenios, pero estos no victimaron uno solo de sus perseguidores. Eso era un genocidio. Los nazis exterminaron seis millones de judíos, sin que los judíos persiguieran o mataran un solo alemán. Eso también era un genocidio. Pero el caso de Roca y la Conquista del Desierto es totalmente distinto. No fue un genocidio, sino la culminación de una larguísima guerra…”

Según el profesor Carlos Martínez Sarasola, autor del libro Nuestros paisanos los indios, durante la guerra de fronteras que se extendió aproximadamente entre 1820 y 1882, la lucha costó la vida a unos 8.000 indios, pero en el mismo lapso se cobró la vida de unos 4.000 soldados y pobladores criollos, a los que hay que sumar las cautivas que los aborígenes arreaban a las tolderías. El malón de 1875 sólo en Azul asesinó a 400 vecinos, cautivó a 500 y capturó 300.000 animales que fueron luego vendidos, como era de práctica, en Chile. Estamos a una enorme distancia de los 100.000 muertos concebidos por el imaginativo guionista televisivo…

El imperativo geoestratégico

En las condiciones del país incompleto que era la Argentina por aquel entonces, la conquista del Desierto emanaba de una necesidad geopolítica y de una fatalidad que estaba en rigurosa relación con el papel que al país le correspondía en el mercado mundial. A la necesidad de asegurar la posesión de la tierra para la colonización agraria se sumaba la de garantizar las fronteras del inmenso desierto patagónico contra las ambiciones chilenas o de cualquier eventual aspirante trasatlántico. No se ve bien en base a qué código ético puede denunciarse el deseo de cumplir con esa necesidad como un rasgo racista. La historia no es el reino de la virtud abstracta ni de los buenos deseos; es un ámbito en el cual la virtud se identifica con la eficacia en procurar la salvaguarda del mayor número y en verificar un desarrollo que sea apto para crear nuevas oportunidades de realización comunitaria. El proceso argentino renqueó horriblemente en estos aspectos; pero fue precisamente la negativa a reconocer la misión que les competía, de parte de la burguesía comercial, de los ganaderos y de las élites ilustradas de Buenos Aires, lo que deformó al país. Encerrados en su mezquino interés, lejos de asumir a la nación en su conjunto, la concibieron apenas como un apéndice colonial de su confort portuario. La cuestión residía en suprimir la resistencia del criollaje (que no estaba compuesto por indios sino por un paisanaje decantado a lo largo de siglos a través del mestizaje de españoles y aborígenes) asentado en el suelo, provisto de conciencia patria y de intereses vinculados a un sistema de vida artesanal que Buenos Aires quería destruir, para hacer lugar a un modelo de país integrado al mercado mundial a través de la importación de manufacturas y de la exportación de productos primarios.

Para la época de la conquista del desierto la situación ya se había consolidado a favor de Buenos Aires, a través de las expediciones punitivas de Mitre contra el interior y del exterminio del último foco de resistencia iberoamericano a la penetración imperialista que fue el Paraguay de los López.(1) Pero no todo estaba jugado. En el ejército de línea, forjado en la guerra del Paraguay y forzado luego a actuar como instrumento de castigo contra el interior cuando este se sublevó contra la aventura paraguaya, había un fermento que provenía del origen provinciano de muchos de sus oficiales. Entre ellos el tucumano Roca ocupaba un lugar preeminente por su solvencia profesional y por el carácter ponderado que lo distinguía. El ejército fusionaba a hombres antes enfrentados en las filas de la Confederación y en las de Buenos Aires, aunque fuese porteño por su conducción superior. Como dice Alfredo Terzaga en su magistralHistoria de Roca, ese ejército

“que había sido ensanchado forzosamente para las necesidades de guerra, impresionado por la resistencia del pueblo hermano cuya masacre se le imponía, y testigo de la resistencia porfiada de los provincianos, comenzó a pensar en una solución distinta”. (2)

La solución distinta era, en un principio, la designación de Sarmiento para ocupar la presidencia, obviando la continuidad del mitrismo en la figura de su candidato Rufino de Elizalde; pero el diseño de país que empezaba a abrirse paso en las filas militares no contemplaba ya la subordinación mecánica a los dictados de Buenos Aires y tendía a interpretar al país como una totalidad a la que había que integrar. En ese esquema, que era también el de José Hernández y el de los sectores nacionales de la opinión ilustrada, el problema de la frontera sur comenzaba a plantearse como algo más que como una táctica defensiva o como una política contemporizadora para con los indígenas, en la cual se alternaban las transacciones y los choques, en una guerra de posiciones que solo servía para sacrificar a la milicada de leva en los fortines. Había que pasar a un proyecto estratégico dirigido a acabar con la frontera móvil. Había que dominar o liquidar a los salvajes para asegurar la propiedad de la tierra, frenar las aspiraciones chilenas a ocupar la Patagonia y expandir el capitalismo hasta el Río Negro y los Andes.

Todo esto no podía verificarse por medios asépticos. El moralismo “progre” se eriza de espanto ante la dureza de la expedición y de sus expedientes militares para acabar con la resistencia indígena, pero no toma en cuenta los factores que estaban en juego ni se conmueve por la liquidación del gauchaje en las provincias federales,

“muy superior tanto en números absolutos como en la importancia económica y política del procedimiento”. (3)

Este último supuso la instalación del proyecto exportador agroganadero y portuario ligado a la dependencia semicolonial, mientras que la conquista del desierto supuso la obtención de 20.000 leguas de territorio y la abolición, en la práctica, del mito renunciatario que imaginaba que “el mal que aqueja a la Argentina es su extensión”, mito del que todavía se hacía eco, no mucho tiempo atrás, el ex ministro de Economía Domingo Cavallo cuando afirmaba con desparpajo que “algunas provincias argentinas son inviables”…

Elegir a Roca como chivo emisario para denostar a la oligarquía y atribuirle el papel de factótum de esta y de la consolidación del modelo dependiente de país, es una equivocación. Lo que es más grave: se trata de una equivocación a veces a sabiendas, que en el fondo intenta deprimir, fundándose en rasgos genéricos que eran propios de un momento de la historia y que se pueden encontrar en todos los argentinos de aquel entonces, el rol positivo que el general Roca cumplió al sofocar el intento secesionista porteño de 1880, nacionalizando el puerto de Buenos Aires en la más breve pero más sangrienta de las batallas de nuestras contiendas civiles del siglo XIX. Ahí se cerró la organización nacional, cortando el nudo gordiano que la había imposibilitado durante 70 años. Estuvo lejos de ser perfecta, pero el daño venía de antes. Es imposible no preguntarse si no se trata en el fondo de aquel hecho lo que no se le perdona a Roca.

Quienes despotrican desde la izquierda contra el conquistador del desierto a la vuelta de tantos años, harían bien en tratar de evaluar el sentido general de su misión, en especial durante la primera etapa de su carrera. Pero quizá no quepa pedirle margaritas al olmo. La tozudez de personajes como Bayer deriva de una confusión entre los datos objetivos de la historia y la subjetividad de una comprensión de esta que sólo toma en cuenta los datos de un humanismo genérico, preocupado sobre todo por las individualidades y que no divisa ni intenta divisar las líneas generales por las que discurren los procesos históricos. Pero lo que en un individuo puede no ser otra cosa que un berrinche, traspolado a una gran cantidad de gente, en especial de gente influenciable por su juventud y por la carencia de referencias anteriores, corre el riesgo de transformarse en un factor de confusión que hace perder el tiempo polemizando en torno de falsos problemas, mientras por otro lado alguien se roba la ropa.

 

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